viernes, 21 de junio de 2013

Pecados

Sigo huyendo, pero ya no hay salida, muchas cosas me han traído aquí… Maldita sea, si tal vez hubiese elegido diferente, si tal vez… ya no tiene sentido quejarme, ya lo sé, el destino está escrito y hoy es el final.
No sé quién reciba esta carta, escribo desde una casa vieja en escombros, una más de las casas destruidas por la guerra aquí en Rio, una guerra sin sentido, Dios… ¿cómo llegué a esto? Mi nombre es Alex y soy… fui un joven más, un brasileño más, que alguna vez tuvo sueños, que alguna vez tuvo familia, que alguna vez tuvo esperanzas e ilusiones.
Ahora no me queda nada, huyo de la muerte pero sé que al final del día me alcanzará.
Jugué al fútbol cuando niño, vivía feliz y cuando algo malo pasaba mi mamá siempre… mamá perdóname… Dios mío…Yo solo quería sacar a mi familia de la pobreza, quería que mi madre no tuviera que vivir en esta miserable favela, en este rincón olvidado del mundo de la ley de Dios y del mismo demonio. Estaba desesperado por darle un mejor futuro a ella y a mis hermanos, ahora los he perdido, a ellos, he perdido todo, solo si en vez de andar pereceando en las calles… Si tan solo lo hubiera pensado mejor. Mi pecado mortal fue aceptar la oferta de Pedrinho, acepté venderle mi alma a alguien tan malo que estoy seguro que el demonio no haría negocios con él, empecé de mensajero, llevando y trayendo dinero, armas, mercancía, todo parecía fácil, era dinero fácil y me dejé llevar por la ambición.
Un día Pedrinho me dijo que el jefe me quería conocer, tenía una misión especial para mí, debía encargarme de un traidor, un soplón que estaba pasando información a Antinarcóticos, lo cazamos con Pedrinho, lo encontramos y apreté el gatillo, ese día al jalar del gatillo, perdí mi alma, ya era un sicario. Empecé a hacer trabajos pequeños, vagabundos que no pagaban, hombres de familia que intentando frenar esa ola de violencia, querían hablar para detener esta guerra, pero que eran silenciados con las balas de mi revólver.
Un día se me ordenó mi primer gran golpe, debía encargarme del ministro de justicia de Brasil, quien andaba pisando los talones al jefe, el operativo debía salir a la perfección, era sentar un precedente para que el gobierno se diera cuenta quien mandaba. El golpe fue sencillo. Pedrinho manejó la moto, nos escoltaban dos camionetas, estas cerraron el paso a los escoltas, quienes ya estaban sobornados para facilitar el operativo, me bajé rápido de la moto, abrí la puerta del automóvil, ahí estaba él con una niña de 4 años, “por favor, estoy con mi nieta, no lo…” no lo dejé terminar su frase, sin pensarlo descargue el proveedor de mi 9mm, la niña me miró a los ojos y por una milésima de segundo el mundo se detuvo: el corazón ya estaba muerto y la esperanza estaba ausente hasta el punto de sentir dolor. El golpe fue un éxito, nos fuimos de ahí.
Ahora el jefe me está buscando para matarme, no quiere cabos sueltos, a Pedrinho lo acribillaron en la entrada de su casa mientras llegaba de la escuela de su hija, yo estoy huyendo, alargando el inevitable final que me espera, al que lea esto, no se quien sea, solo le digo que esta carta es el último vestigio de humanidad que pudo salir de mi.

Ya no importa nada, ahora solo desearía un mundo que funcione sin lágrimas, me revuelve la desesperación por dentro, yo ya estoy muerto, y no por obra de mi jefe, las balas salieron de los ojos de esa niña que me miraba con desesperanza, de los lamentos de mi madre diciéndome que no siguiera más. Y sólo me queda una cosa por hacer…

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